NUESTRO FUNDADOR

NUESTRO FUNDADOR

Antonio Claret y Clará, nació en Sallent, Barcelona (España), el 23 de diciembre de 1807. Su adolescencia la pasó en el taller de su padre. Para perfeccionarse pidió ir a Barcelona. Allí escuchó el Evangelio que cambiaría su rumbo: “¿De qué le vale al hombre ganar todo el mundo si pierde su alma?” (Mt 16,26). Tenía 21 años cuando decidió ser sacerdote, entró al Seminario de Vic.

Fue ordenado sacerdote el 13 de junio de 1835. En 1841, a sus 33 años, recibió de Roma el título de Misionero Apostólico. Claret iba de misiones de pueblo en pueblo por Cataluña, España. Publicó numerosos folletos y libros. El 6 de marzo de 1848 salía hacia las Islas Canarias. Después de 15 meses retorna a la Península. El día 16 de julio de 1849, en Vic, fundaba la Congregación de los Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María. Tenía 41 años. Los cofundadores fueron los PP. Esteban Sala, José Xifré, Manuel Vilaró, Domingo Fábregas y Jaime Clotet. Hoy comienza una “grande obra”; dijo el P. Claret.

Un hecho importante puso en peligro su recién fundado Instituto. El P. Claret era nombrado Arzobispo de Santiago de Cuba. Tenía 42 años. En el viaje hacia La Habana aprovechó para dar una misión a bordo. En Cuba sembró el amor y la justicia. Se enfrentó a los capataces, les arrancó el látigo de las manos. Creó escuelas técnicas y agrícolas, las Cajas de Ahorros, visitó cuatro veces todas las ciudades, pueblos y rancherías de su inmensa Arquidiócesis. Siempre a pie o a caballo. Fundó, junto con la Madre Antonia París, las Religiosas de María Inmaculada, Misioneras Claretianas, en 1855. Sufrió un atentado en Holguín, herido gravemente por un sicario. Al cabo de seis años en Cuba, recibió el nombramiento de confesor de la Reina Isabel II. Tenía 49 años.

Mientras acompañaba a su Majestad en sus giras por España aprovechaba realizar un intenso apostolado. Claret entiende que: “uno de los medios más poderoso para el bien es la imprenta, así como es el arma más poderosa para el mal cuando se abusa de ella”. Escribió unas 96 obras propias. Divulgó libros y hojas sueltas.

El 8 de diciembre de 1869 participa en el Concilio Ecuménico Vaticano I. Allí el P. Claret defiende la infalibilidad pontificia: “Llevo en mi cuerpo las señales de la pasión de Cristo, -dijo, aludiendo a las heridas de Holguín- ojalá pudiera yo, confesando la infalibilidad del Papa, derramar toda mi sangre de una vez”. Es el único Padre asistente a aquel Concilio que ha llegado a los altares.

El 23 de julio de 1870, en compañía del P. José Xifré, Superior General de la Congregación, llegaba el Arzobispo Claret a Prades, Francia. La Comunidad de misioneros en el destierro, le recibió con gran gozo. Los enemigos quisieron apresarlo, tiene que huir, y refugiarse en el monasterio cisterciense de Fontfroide. El P. Jaime Clotet no se separó de su lado. El día 8 de octubre recibió los últimos sacramentos e hizo los votos religiosos como Hijo del Corazón de María, a manos del P. Xifré. El día 24 de octubre estaban presentes todos los religiosos alrededor de su lecho de muerte. Entre oraciones Claret entregó su espíritu al Creador. Eran las 8,45 de la mañana y tenía 62 años. Los restos del Padre Claret fueron trasladados a Vic en 1897, donde actualmente se veneran.

El 25 de febrero de 1934 la Iglesia le inscribió en el número de los beatos. Y el 7 de mayo de 1950 el Papa Pío XII lo proclamó Santo. Estas fueron sus palabras aquel memorable día: “San Antonio María Claret fue un alma grande, nacida como para ensamblar contrastes: pudo ser humilde de origen y glorioso a los ojos del mundo. Pequeño de cuerpo, pero de espíritu gigante. De apariencia modesta, pero capaz de imponer respeto incluso a los grandes de la tierra. Fuerte de carácter, pero con la suave dulzura de quien conoce el freno de la austeridad y de la penitencia. Siempre en la presencia de Dios, aun en medio de su prodigiosa actividad exterior. Calumniado y admirado, festejado y perseguido. Y, entre tantas maravillas, como una luz suave que todo lo ilumina, su devoción a la Madre de Dios

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